Dios ha mostrado su amor hacia nosotros

al enviar a su Hijo único al mundo para que

tengamos vida por él

(1 Juan 4, 9)

 

 ¡Excelentísimos obispos, honorables padres,

venerados monjes y monjas, queridos hermanos y hermanas!

 

Del corazón, lleno de alegría por la venida del Hijo de Dios encarnado, me dirijo a todos vosotros y os felicito por la fiesta lúcida y vivificante de la Natividad de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

“¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!” (Lucas 2, 14). Glorificando año tras año el indescriptible descenso hacia nosotros del Salvador, como una vez lo hicieron los pastores de Belén al oír por el Ángel “una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos” (Lucas 2, 10), nos apresuramos a ver con los ojos espirituales a Mesías, Cuya venida ha sido predicada por los profetas y fue esperada por muchos hombres y mujeres.

Y así, según las palabras del profeta Hageo, El que hará temblar a todas las naciones (Hageo 2, 7), “renunció a lo que le era propio y tomó naturaleza de siervo. Nació como un hombre, y al presentarse como un hombre” (Filipenses 2, 7). El Señor del Universo no escoge para sí un palacio imperial, un hogar de los gobernantes de este mundo, un aposento de los ricos y nobles. Para Él no hay lugar ni siquiera en un hotel. El Hijo de Dios nace en una cueva para el ganado, como la cuna Le sirve pesebre para alimentar a los animales.

¿Qué es más pobre de la cueva y qué es más humilde de los pañales, en que se iluminó la riqueza de Dios? Al escoger para el Misterio de nuestra salvación la última pobreza (Ypakoe de la fiesta), Cristo deliberadamente no acepta aquellos valores que son considerables importantes en nuestro mundo: el poder, la riqueza, la fama, orígenes nobles y la posición social. Él nos ofrece otra ley de la vida, la de la humildad y el amor, que triunfa sobre el orgullo y la ira. De acuerdo con esta ley, la debilidad humana, unida con la gracia Divina, se convierte en aquella fuerza, a la que no pueden enfrenar los que tienen el poder y la potencia en este mundo. La fuerza Divina no se manifiesta en la grandeza terrenal y el bienestar material, sino en un corazón simple y humilde.

Según San Serafín de Sarov, “Señor busca un corazón lleno del amor a Dios y al prójimo, este es trono en el que Le gusta sentarse… “Pon toda tu atención en mí, hijo mio, – dice Él, – y mira con buenos ojos mi ejemplo”, porque en el corazón humano se puede meter el Reino Divino” (Conversación del objetivo de la vida cristiana). El Señor no desdeña mendigos y personas sin hogar, no desprecia a los que tienen poco dinero y trabajo infravalorado, y aún menos abandona a los que tienen discapacidades o enfermedades graves. Todo esto como tal no acerca a un ser humano a Dios y no separa a éste del Señor, y por eso no tiene que sumergirlo en la depresión o convertirse en una causa de la desesperación destructiva. El Señor castiga a nosotros mismos. Pon toda tu atención en mí, hijo mío, – está llamando Él (Proverbios 23, 26).

La maravillosa fiesta de la Navidad nos recuerda sobre la necesidad de seguir inquebrantablemente a Cristo, Quien ha venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Juan 10, 10), y Quien es el camino, la verdad y la vida (Juan 14, 6). Que no tengamos miedo ante las dificultades que aparecen inevitablemente y que no derroten a nadie de nosotros las pruebas, ¡porque Dios está con nosotros! Dios está con nosotros, y el miedo se va de nuestras vidas. Dios está con nosotros, y alcanzamos paz espiritual y alegría. Dios está con nosotros, y con una firme esperanza en Dios llevamos a cabo nuestra peregrinación en la tierra.

Marchando por Cristo, un ser humano va contra de los elementos de este mundo. Él no se obedece ante las tentaciones y destruye decisivamente los obstáculos del pecado. Porque precisamente el pecado nos aleja de Dios y hace nuestras vidas muy amargas. Precisamente él, eclipsando la luz del amor Divino, nos somete en los diversos desastres y endurece nuestros corazones contra otros seres humanos. Se puede vencer el pecado solamente con la gracia del Espíritu Santo, que obtenemos a través de la Iglesia. La fuerza Divina, al ser adaptada por nosotros, transfigura nuestro mundo interno, y nos ayuda a cambiar el mundo exterior de acuerdo con la voluntad del Señor. Es por eso los que apartan de la unidad eclesiástica, pierden, al igual que el árbol que se está volviendo seco, la posibilidad de dar unos frutos realmente buenos.

Quisiera hoy dirigir unas palabras particulares a los habitantes de Ucrania. El enfrentamiento fratricida, que comenzó en el suelo Ucraniano, no debe dividir a los hijos fieles de la Iglesia, sembrando odio en los corazones. Un cristiano verdadero no puede odiar ni a los prójimos, ni a los lejanos. “También habéis oído, – se dirige el Señor a los que Lo escuchan, – que antes se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos… Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos”. Que estas palabras del Salvador sean para todos nosotros una guía en la vida, y que la maldad y el odio hacia otros seres humanos nunca encuentren lugar en nuestras almas.

Estoy llamando a todos fieles hijos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, que abarca a muchos pueblos, rezar especialmente sobre un pronto y pleno ceso de la enemistad en Ucrania, de la curación de heridas, tanto físicas, como mentales, causadas por la guerra. Estando en templo y en casa, vayamos a pedirle sinceramente a Dios, vayamos a rezar también sobre los cristianos que viven alejados de nuestros países y sufren los conflictos armados.

En esta luminosa noche de la Navidad y los siguientes días santos, glorifiquemos y exaltemos a Nuestro Salvador y Señor, Quien por su amor a los seres humanos se dignó a venir al mundo. Al igual que Reyes Magos, traigamos al Niño Cristo nuestros regalos: en lugar del oro, nuestro amor sincero; en vez del incienso, una oración calurosa; en vez de mirra, el tratamiento bueno y pensativo de los prójimos y lejanos.

Una vez felicitando a todos vosotros, queridos míos, por la lucida fiesta de la Navidad, así como por el Año Nuevo, os deseo oracionalmente abundante gracia y generosidades del Señor Jesucristo. Amén.

 

/+KIRIL/

PATRIARCA DE MOSCÚ Y TODA RUSIA

Natividad de Cristo

 2015/2016

 Moscú