¡Amados en el Señor Excelentísimos obispos,

honorables presbiteros y diáconos, monjes y monjas que quieren a Dios,

queridos hermanos y hermanas!

 

  En este día grande y luminoso os felicito cordialmente por la Pascua del Señor y saludo a cada uno de vosotros con unas palabras antiguas y santas:

¡CRISTO HA RESUCITADO!

Precisamente estas palabras, con las cuales los hombres desde hace varios siglos saludan uno a otro en los días luminosos de Pascua y con las cuales testimonian al mundo de la veracidad del acontecimiento, que tuvo lugar hace dos mil años, contienen una fuerza interna enorme. Ellas contienen la novedad de la victoria, y la llamada a la alegría, y el deseo de la paz, y la esperanza y el consuelo para cada hombre.

Aquel Que nació de la Virgen María, Aquel que sufrió penosamente y sin culpa, fue crucificado y murió en la cruz junto con los dos bandidos, fue el primero entre los hombres que resucitó de entre los muertos.“Ha resucitado, como dijo” (Mateo 28, 6). Su tumba se quedó vacía. En ella se quedaron sólo los velos, en los cuales era envuelto Su cuerpo. Las portadoras de mirra, al llegar al lugar del entierro del Señor, “muy temprano, apenas salido el sol” (Marcos 16, 2), no lo encontraron a Jesús allí, porque la piedra, que cubría la entrada a la cueva, ni la guardia, que la custodiaba, ni incluso la misma muerte podían enfrentar a la gran fuerza del Dios Vivo.“Como una fiera, el sepulcro abre su boca sin medida” (Isaías 5, 14), el infierno jubiloso ya estaba dispuesto para tragar a su enemigo más vigoroso, pero en lugar de este se congeló en el horror, porque se iluminó por la luz de Dios. Cristo exterminó la descomposición y destruyó la muerte.

A través del primer hombre, que ha desobedecido al Creador, se ha despegado de la Fuente de la vida eterna, el mal llegó al mundo, y el pecado empezó a reinar entre los hombres. Y Cristo,“el último Adán” (1 Corintios 15, 45), venció a la muerte espiritual, mental y corporal. “Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos tendrán vida”, – testimonia San Pablo Apóstol (1 Corintios 15, 22). Todo lo que nosotros hemos perdido en el primer Adán, recibímos nuevamente en Cristo. La Pascua del Señor es verdaderamente el importantísimo regalo para la construcción del mundo Divino (San Teodoro el Estudita).

Al superar el aislamiento del hombre del Creador, el Salvador nos ha regalado la oportunidad de unirnos con Él. Según las palabras de San Juan Damasceno, con la Cruz de Cristo nos “ha sido regalada la resurección <….>, han sido abiertas las puertas del paraíso, nuestra esencia se ha sentado a la derecha de Dios, y nos hemos convertído en hijos de Dios y en Sus herederos” (El Sumario Exacto de la Fe Ortodoxa. Libro cuarto). Todos nosotros estamos llamados a ser dignos de este regalo.

El Hijo de Dios, al apropiarse de nuestra naturaleza, se asemejó a nosotros en todo, excepto el pecado. Con su vida terrenal y los sufrimientos en la cruz, Él nos ha mostrado un ejemplo de la mayor humildad y la obediencia al Padre Celestial, un ejemplo de la lucha con las tentaciones, y con Su Resurección destruyó las cadenas del pecado y nos dió las fuerzas y los medios para vencer al mal. Precisamente en esta lucha el hombre se está creciendo espiritualmente y se convierte en una personalidad moralmente libre.

Nosotros vivimos en aquel tiempo cuando la libertad con frecuencia se interpreta como la permisividad. Muchos hombres creen sinceramente que sólo el poder y la riqueza, la salud y la fuerza física pueden traerles la liberación y, competiendo en el servicio a los ídolos de este siglo, a menudo pierden en lo principal, en el logro del objetivo verdadero de ser. El Salvador, que se levantó del sepulcro, nos regaló la libertad, abrió aquel objetivo que consiste en el conocimiento de la verdad (Juan 8, 32) y en la vida con Dios.

Al destruir la muerte corporal, Cristo prometió una vida eterna, pero no como una continuación infinita del camino terrenal, sino como la transfiguración de toda la esencia humana, cuando el mismo cuerpo obtiene nuevos rasgos. En la Resurección del Señor se ha manifestado el prototipo de nuestra futura resurección. En el futuro Reino Celestial, donde no habrá muerte, ni enfermedad, ni separación, ni incluso el tiempo, “Dios sacará todas las lágrimas de ellos” (Apocalipsis 21, 4), y la alegría será infinita y el amor será eterno. La victoria del Señor da a todos nosotros una esperanza firme de que nosotros, siguiendoLo en Su Segundo glorioso advenimiento, resucitemos para nueva vida, la en la comunión permanente con Dios.

Compartamos la alegría por la Resurección de nuestro Salvador con todos que tienen necesidad de la atención y el cuidado: los enfermos, los ancianos, los que sufren, los que se ponen tristes, los que permanecen en los calabozos, los que están privados de los recursos y el refigio. Y, al asemejarnos a los testigos de la Resurección, los santos apóstoles, con la fe y audacia, proclamemos a los prójimos y lejanos la buena noticia de que verdaderamente Cristo resucitó! Amén.

/+KIRIL/

PATRIARCA DE MOSCU Y TODA RUSIA

Moscú,

Pascua de Cristo,

2014


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