Print This Post

Queridos hermanos Obispos, dignísimos padres Presbíteros, piadosos Diáconos, bienaventurados Monjes y Monjas, hermanos y hermanas!

En la radiante y salvífica fiesta de la Resurrección del Señor me regocija sinceramente saludarlos con las inspiradas y siempre grandiosas palabras del anuncio Pascual :

¡CRISTO RESUCITÓ!

En esta noche luminosa nos encontramos todos en el estado de diáfana alegría que reafirma la vida, puesto que el hecho que acaeciera hace ya muchos siglos              en las cercanías de la vieja Jerusalén se relaciona directamente con cada uno de nosotros. Más aún la Resurrección de Cristo posee en propiedad un significado universal, puesto que a través de ella el Salvador concedió la posibilidad de lograr la bienaventurada unión con Dios a todos quienes respondieran a Su llamado: «Venid vosotros, los que mi Padre ha bendecido: recibid el reino que se os ha preparado desde la creación del mundo» (Мateo 25, 34).

Por eso con San Juan Crisóstomo hoy exclamamos : «¡Nadie llore hoy sobre su miseria, puesto que para todos ha llegado el Reino!» Celebrando la radiante Resurrección de Cristo damos testimonio de la veracidad de estas palabras, ya que cada ser humano, hasta el último de los pecadores, redimido por la sangre de Cristo, tiene  esperanzas de Salvación. Nuestros pecados,  asi como los pecados de todo el género humano, han sido pagados con la sangre preciosa del Crucificado. Para recibir los frutos de la Redención, es necesario tener fe y Bautizarse (ver: Маrcos 16, 16). La mayoría de nuestro pueblo esta Bautizada, pero cuán pocos son los que tienen la fe que es capaz de cambiar la vida.

El cambio de vida en Cristo no significa solamente un cambio para ser mejor. Es una modificación radical, que conduce al individuo al triunfo de la vida y a la plenitud de la existencia (ver: Juan 10, 10) tanto en su etapa actual en la tierra como en el siglo venidero.

La fiesta de la Santa Pascua nos ayuda a sentir prístinamente el vínculo no sólo con los sucesos de mas de dos mil años de antigüedad, sino con el júbilo futuro en «la justicia para siempre» (ver: Daniel 9, 24), cuando «Dios será todo en todos» (1 Corintios 15, 28). Aprendemos a visualizar en la historia humana la encarnación del pensamiento del Creador, tomando conciencia de la profundidad de «las riquezas de Dios, su sabiduría y el entendimiento» (ver: Romanos 11, 33), con los cuales el Creador Todo Misericordioso conduce a la humanidad a su Salvación.

La capacidad de mirar la historia a la luz de la Resurrección de Cristo es especialmente importante en la época actual – época en que predomina una visión  noticiosa del mundo, en que las creencias y el ímpetu del ser humano están limitados a los problemas cotidianos, y el tiempo acelerado obliga a nuestros contemporáneos a olvidar «los días malignos» (Еfesios 5, 16). Viviendo entre las noticias, los temores y el trajín del día, tendemos a olvidar lo más importante – la Salvación del alma, entregada a Dios, Bendito y Absoluto.

La Resurrección de Cristo nos permite elevarnos sobre los quehaceres cotidianos, para ver la inmensidad permanente del amor Divino quien por amor al ser humano llegó hasta descender hacia la cruz y la muerte. Por eso es fundamental para nosotros comprender que con Su Resurrección el Señor renueva la naturaleza humana, concediendo a cada Cristiano el fortalecimiento de su fuerza interior para el servicio a la Iglesia, al país, a la sociedad, a la familia y al prójimo.

Al ser humano común y a naciones completas, le corresponden también no pocos trabajos. Hoy en día, en todo el mundo, la gente sufre por enemistades, guerras, pobreza, enfermedades, soledad, falta de bienestar. El mundo se revuelve en busca de una vida mejor, desesperado por hallar respuestas a sus interrogantes a través de la lógica humana, las tecnologías políticas y las recetas económicas. La Iglesia y la historia misma dan testimonio de que se debe vivir según la Palabra de Dios. Entonces, a la luz de la Resurrección de Cristo se nos devela el real sentido de los acontecimientos, y obtenemos la capacidad de responder a los más peligrosos desafíos contemporáneos.

¡Que el Salvador Resucitado inspire también en nuestras almas la férrea voluntad de seguir Sus mandamientos!

¡Compartamos los unos con los otros la alegría de este festejo! Con el calor de nuestros corazones entibiemos a aquellos que sufren o experimentan privaciones. Dirijamos nuestro saludo Pascual a todas las gentes: a los más próximos y a los más lejanos. Trabajemos incansablemente por el florecimiento de los países en los que estamos viviendo.

Elevo mi más ardiente plegaria a Dios para que nos conceda una vida pacífica y plena. Que Él envíe Su ayuda y Su fuerza a Su Iglesia, para que sea capaz de servir fielmente al bienestar espiritual de todo el pueblo que se nutre de Ella, para que todos crezcamos en la fe, la esperanza y el amor.

Dirijo a ustedes una vez más, desde lo más profundo de mi corazón, la festiva exclamación de la alegría Pascual por el Señor, quien pisoteó a la muerte, y consigo resucitó a toda la humanidad:

¡Cristo ha Resucitado!

¡En verdad Cristo ha Resucitado!

PATRIARCA DE MOSCÚ Y TODA RUSIA

Моscú,

Pascua de Cristo,

Año 2010.